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Cómo empezar algo tan personal que se
lleva tan dentro, cuesta tanto transmitirlo que a la vez no tiene valor.
Mi niñez: Recuerdo a un niño soñador, quizás
ausente. Un muchacho solitario y obsesionado con las alturas. Me fascinaba
y aún me fascina trepar a los árboles, subir a lo más
alto de los edificios, de los acantilados y allí imaginar con
las nubes, con las ramas, con las olas... Lugares sencillos quizás.
Lugares donde ausentarme de la realidad.
En el instituto comencé a leer a los grandes como Neruda, Machado,
Hernández o al genial Benedetti por nombrar alguno. En principio,
se convirtió en mi única asignatura, le dedicaba más
horas que a nada en el día. Hoy por hoy aún sigo escribiendo,
conservando desde aquello algún que otro cuaderno de poesía
y un premio del instituto.
Otra de mis pasiones es el dibujo, al que debo todo lo que soy. A él
y a mi buen amigo Roberto, que me enseñó con mucho esfuerzo
todo aquello que hoy sé.
Acabado el instituto, me matriculé en un modulo de soldadura,
una de las áreas sobre las que siempre había tenido curiosidad.
Sin tardar mucho empecé a fundirme de lleno con los metales, sintiendo
la simbiosis con el hierro. Comencé a domesticar las técnicas
de los viejos maestros escultores, llegando hasta mí la oportunidad
de montar un pequeño estudio donde hacer y deshacer para poder
expresarme.
Desde entonces he expuesto en multitud de salas a lo largo y ancho de
Euskadi y norte del estado, también he quedado finalista en numerosos
concursos de escultura y poesía.
El comienzo del año me evoca nuevas ideas, como ésta: La
creación de un libro de escultura y poemas titulado "Esculpiendo
la palabra".
Hoy por hoy sigo inmerso en un proceso de creación para buscar
el camino, o mejor dicho, la llave que haga unir mi escultura con mi
poesía. Y quién sabe, quizás algún día
crear mi propio estudio con exposición permanente y becas para
jóvenes artistas sin recursos como yo. Me presento con mi obra
hecha con humildad y manos desnudas.
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