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AUTORES / Juan Cruz Solaguren

Juan Cruz Solaguren

Juan Cruz Solaguren. Nací y vivo en Bilbao, después de hacerlo sesenta años en Basauri. Mis padres humildes; pero previsores, procuraron darme una cultura que en aquella década de los treinta y cuarenta para ellos suponía un notable sacrificio. Mis estudios, más por influencia familiar y ambiental que por lo que a mí me agradaba, fueron orientados hacia las ciencias. Durante cincuenta años mi profesión tuvo que ver con el hierro, el acero, las máquinas transformadoras y todo lo relacionado con la metalurgia. Por supuesto que la lectura y algún pinito en la escritura fueron complementando mi vida. Hasta que por un golpe prodigioso de fuerza, buena suerte y generosidad cambió el rumbo de mi siempre inquieta vida. La Universidad del País Vasco UPV/EHU ofreció a los mayores de cincuenta y cinco años, estudios universitarios con unas disciplinas tan sugestivas como Lengua y Literatura, Arte e Historia entre otras. Jamás podré agradecer a la UPV y a la Bilbao Bizkaia Kutxa BBK (que nos cedió unos locales de lujo) una idea tan altruista y gratificante. He sido (soy) un privilegiado de amores cercanos. Primero mis padres y ahora mi esposa e hijos de quienes recibo una fuerza de cariño y ternura que me anima, empuja y exige vivir un eterno presente. A ellos dedico este trabajo del que forman parte, con la ilusión y a fe de inventar cada día algo que sirva para hacer (si es posible) más estrecha nuestra unión. INTERVENCIÓN DE FRANCISCO MILLA (CATEDRÁTICO DE LITERATURA DE LA UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO) EN LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO "TERNURAS OTOÑALES" EN EL AULA DE LA EXPERIENCIA DE LA UPV / EHU 1º. Lo PRIMERO, bien. Ésta es la palabra que a uno se le escapa cuando termina de leer el poemario de Juan Cruz Solaguren. Bien, no de calificación académica, no de valoración, sino como empática exclamación de solidaridad con un trabajo bien hecho. Ese “bien” de Antonio Machado cuando en “Proverbios y cantares” dice: “Despacito y buena letra: / hacer bien las cosas / importa más que el hacerlas”. Siguiendo con la cita: “Proverbios y cantares”, está dedicado al filósofo Ortega y Gasset, y es un libro de poesía y pensamiento, lleno de sentencias, intuiciones, reflexiones, experiencia, humor…; éste es el ámbito poético donde se van a mover los poemas de Juan Cruz. Poemas de un hombre que se ha puesto en pie, ha cogido su entorno con las manos, nos mira de frente y nos dice: aquí tenéis mi voz página a página, verso a verso. Y uno siente la sentencia de Séneca cumplida: “Háblame para que yo te vea”. 2º. La felicitación, por supuesto, pero quiero subrayar un aspecto que generalmente se sobreentiende y suele quedar implícito en los protocolos de bienvenida a un nuevo libro. En este caso debe anotarse necesariamente que este poemario nace casi exclusivamente de la valentía intelectual y el esfuerzo del autor que debe no sólo merecer la felicitación sino el agradecimiento por habernos regalado unos versos en su intención de hacerse y hacernos más comprensible, más verdadera esta vacuidad que nos conforma como seres humanos y mostrencamente nos acompaña. Como “Unamunos de nostalgia” nos define el autor en el poema “EL VIEJO”, y acierta en la voz y en su expresión porque ese hueco existencial, que Unamuno trataba de acallar no callándose ante nada ni ante nadie, está dando voces e inspirando muchos de los 1330 versos, de los diversos temas de “Ternuras Otoñales”. Y 3º, habrá que responder a algunas expectativas que despierta todo libro y algunas de las peculiaridades del que en concreto nos entretiene esta tarde. ¿Cuáles son sus temas? ¿Qué nos dice y cómo nos lo dice? La respuesta a estas cuestiones quiero aportarlas desde el punto de vista del lector, para dejar que el análisis crítico venga después, a su debido tiempo. Lector sí, pero no observador superficial del campo que nos abre este poemario, sería imperdonable y yo no haría justicia a la obra. Permítanme, para ser sincero sólo dos o tres notas en la intención de retratar las actitudes, el terreno en el que se ha movido mi lectura y los presupuestos creativos en los que nace esta obra: 1ª. Luis de Villena afirmaba a finales del siglo pasado, en “10 menos 30” que la poesía se orientaba hacia un nuevo realismo o hacia una intensificación de lo meditativo de la reflexión poética. 2ª. El doctor Ángel L. PRIETO DE PAULA constata cómo en las últimas décadas asistimos por primera vez en la historia de la poesía a la coexistencia de de al menos cinco generaciones de poetas desde las publicaciones últimas de los poetas de la “Generación del 27” hasta los postmodernistas o la inclasificable nómina de los últimos jóvenes poetas de l movimiento denominado “Milenio”. Y 3ª. Los antólogos recogen hoy listados abundantes de jóvenes poetas como en la citada antología “Milenio” de Basilio Rodríguez, al tiempo que podemos recrearnos con la lectura de “FE Y VIDA” o “JUEGOS DE AGUA” de Dulce María Loynaz, por ejemplo; de “OTOÑO Y OTRAS LUCES” –a nadie se le escapa la coincidencia de títulos– de Ángel González , por ejemplo; o de “VOLVER AL AGUA” –a nadie se le escape ese “Volver”– de Luis Eduardo Aute, por no poner algunas muestras. Y en este marco donde la creación poética parece resistirse a escuelas, edades, y solsticios, me pide Juan Cruz que le presente “Ternuras otoñales”. Pues bien, además de lo dicho, los temas y las formas de estos 53 poemas son susceptibles de ser caracterizadas, entre otras cualidades, por estas tres afirmaciones que adelanto van entrecomilladas: “Humor y ternura se entrecruzan en unos poemas que parecen ecos de la poesía de la experiencia”. Segunda: “El lector descubre entre los caminos de las anécdotas de cada poema los temas y preocupaciones de siempre: el amor, la muerte, la vacuidad del existir, la luz de la creencia, el fuego humor que abrasa la hojarasca del tedio cotidiano”. Tercera y última: “Emoción, experiencia, humor, narratividad, ambiente urbano son notas de caracterización de la poesía actual”. Estas tres afirmaciones que he utilizado para cualificar el poemario de Juan Cruz están tomadas intencionalmente de algunos estudios del crítico y poeta José Luís García Martín. Estamos pues ante una obra con los pies en la tierra, además los poemas de “Ternuras otoñales” discurren en un tono dialogal que aúna reflexión y humor tratando temas como la nostalgia, la duda, la muerte, el amor de la vivencia de la paternidad, del diálogo con la esposa, la compañera; el enfrentamiento con uno mismo como un tú reflejado y reflexivo, la fe, la amistad y todo ello, no me canso de decirlo, con ese contrapunto constante del humor: “Picardía” se titula uno de sus poemas. “Déjame en Bilbao si no hay (en el cielo) sarao, bailes, mujer, festivales”. O esa paradoja de sabor clásico: “Si quieres para tu mujer la paz / procura no dejarla en paz”. Humor sabio que llega hasta lo histórico como en el poema de “Las andanzas de don Fernando”, que conocemos como el rey católico. En fin un poemario de sorprendente equilibrio entre la sentencia grave y la sonrisa, estructurado a la vez en una alternancia estrófica de CUARTETOS Y REDONDILLAS que conforman un ritmo binario de voces aunadas en un ensamblaje preciso, conciso y claro que recuerda el verso duro y palpitante a la vez de Blas de Otero: “nuestro haber y ser…/ nuestro querer”, y donde no faltan, como en Blas, frases hechas, giros coloquiales, dichos y refranes entrelazados en un son poético que ni cae ni roza el prosaísmo. Y termino con un ejemplo de lo dicho, con uno de los poemas más acertados y originales del poemario, emotivo y por supuesto lleno de ternura y humor: La etxekoandre. Cincuenta y dos versos en cuartetos frescos, ágiles, coloquiales que encierran una anécdota, una historia de la cotidianidad, donde vamos siendo absorbidos por la fuerza temática y su dinamicidad formal hasta esa conjunción magistral de letanía religiosa y cacerolas como diría Santa Teresa. A ningún lector se le puede escapar la arriesgada experimentación formal de este poema que doblega la estructura estrófica para acoplarla al habla bilbaína de principios del siglo XX, al eco de la estructura idiomática del euskera. Poema descriptivo pero lleno a su vez de una polifonía de voces y ecos que nos hacen sospechar ese coro dramático de la vida o las voces de esos “mil ángeles del coro celestial” con que acaba el poema. Decía Sigmund Freud que “La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas palabras bondadosas”. Pues si alguien quiere acercarse a unas palabras bondadosas y verdaderas y entenderse y entender mejor este río que nos lleva no tiene más que empezar a leer este regalo que Juan Cruz nos ha preparado. Termino reiterando mi felicitación al autor. Francisco Milla Bilbao, 12 de junio de 2006

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