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Catálogo / ENTRE LA ESPADA Y LA PARED. De Franco a la Constitución / Anexos del libro

Prólogo

El presente texto es un análisis de la historia actual de España desde el final de la guerra de 1936, hasta los primeros gobiernos del PSOE de finales del siglo XX. Se trata de un ensayo histórico, que se ocupa de lo más relevante del régimen franquista y de la fase de transición que le siguió, así como de los principales aspectos del periodo constitucional actual.
Hay títulos que pretenden ser un manifiesto o una declaración de intenciones de lo que viene después, de lo que se quiere decir en el texto. Este es uno de ellos. Un título síntesis que aspira a resumir las páginas que le siguen. Este ensayo, al mismo tiempo, trata de dar una visión asequible e histórica de un largo periodo que abarca la segunda mitad del siglo XX de la historia de España y se ocupa de calificarlo en los aspectos sociales, económicos y políticos. Todo ello desde el punto de vista de un historiador. De alguien que recoge, recopila y selecciona materiales como documentos, hechos, ideas, datos, estadísticas, programas, leyes, declaraciones, intenciones, biografías etc. Y trata de relacionarlos para dar una visión analítica del conjunto y de sus partes.
La cronología del trabajo pertenece a la segunda mitad del siglo XX, desde el final de la guerra (1939) hasta el final de los primeros gobiernos del PSOE (1996). Son las fechas que van desde la dictadura militar hasta el relevo constitucional en el gobierno, entre los sucesores del franquismo y los antiguos republicanos, vencidos en la guerra. Sin que para este cambio medie, por primera vez en dos siglos, un golpe de Estado o una guerra.

La espada de Franco
Franco dirigió España durante casi cuarenta años, mediante el uso de su espada. A veces afilada, a veces desgastada. Pero siempre espada y siempre en sus manos. O en las de sus ayudantes. Aunque muchos puedan creer que esto es solo una metáfora, lo cierto es que fue así. Al menos en sus aspectos políticos principales. No de otra forma se explica que un régimen que empezó con una guerra de tres años, y más de medio millón de muertos, mantuviera una durísima represión durante otros cuarenta y terminara con las cárceles llenas de opositores. Y fusilando a cinco de ellos en septiembre de 1975, después de un juicio militar sumarísimo, el mismo año de la muerte del dictador.
Pero una vez desaparecido Franco, los políticos que le sucedieron en el poder, ya no eran franquistas. O no lo eran del todo. Estaban convencidos, además, que no era posible seguir gobernado el país con los mismos usos y formas políticas. También sabían que estaban rodeados de gentes y sociedades que habían evolucionado. Y el pueblo español con ellos, mientras el régimen permanecía haciendo equilibrios, en el filo de la espada del dictador.

La pared constitucional
Si el franquismo fue una espada, la Constitución es una pared. Un obstáculo levantado en 1978. De un lado, para contener las iras involucionistas de los franquistas rezagados. De otro, para sujetar el ansia revolucionaria y rupturista de las generaciones, que habían sobrevivido a la espada de Franco. Los protagonistas institucionales del cambio del 78 sabían que no podían permitir que las cosas cambiaran tan profundamente como muchos querían. Se enfrentaron entonces dos concepciones distintas de abordar la sucesión de Franco. Una era la opción que planteaba la oposición, con recuperación radical de las libertades, ahogadas durante cuarenta años. Volver a la España republicana de 1931, cerrar el régimen con un paréntesis conciliador y eliminar a los franquistas más recalcitrantes. Y a quienes hubieran colaborado estrechamente con la dictadura, empezando por la monarquía.
La otra opción no rupturista, que procedía del sistema autoritario heredado, defendía una voladura controlada del franquismo. Partiendo de las posibilidades que ofrecían las mismas Leyes Fundamentales del régimen. Para después, dar paso a otro modelo semejante al de los países capitalistas occidentales. En esta posición se alineaban los franquistas más evolucionados. Los llamados aperturistas. Mientras el rey, en su función de Jefe del Estado, permanecía a la expectativa. Esta era también la opción apoyada por los países occidentales, como EEUU o la Comunidad Europea, que tenían importantes inversiones e intereses en España.
Pero para una evolución controlada del franquismo, era necesario sustituir la espada de la dictadura por un muro constitucional. Construir una pared, con la que contener las reivindicaciones populares más agresivas. Colocar un obstáculo consensuado y suficiente, semejante al de otros estados democráticos, que ejerciera de muro pantalla de contención, que tuviera una mejor apariencia y decencia política formal, que las llamadas Leyes Fundamentales del franquismo. Con estas premisas, la Transición la hicieron los antiguos franquistas. Incluidos algunos exministros como Fraga o Suárez. Y la pactaron o aceptaron los principales partidos y sindicatos, que habían estado proscritos durante la dictadura. Fue, por tanto, una transición acordada y mezcla de realismo, miedo y oportunismo. Con estos ingredientes, la Constitución se redactó como un acuerdo o un arreglo. No como una ruptura.
Esta pared sustituyó al franquismo, en 1978. Sin embargo, casi cuarenta años después, los problemas que quedaron pendientes entonces, o cuya solución se quiso aplazar, están volviendo a la superficie. Amenazan con superar las barreras que plantó el texto del 78 y desbordar aquella filosofía del consenso, impuesta por los partidos mayoritarios. Porque “democracia constitucional”, hoy no es equivalente a “democracia participativa”. Sino que a veces, muchas veces, se le opone. Con el agravante añadido de que una parte notable de los hoy censados como españoles, ni siquiera había nacido entonces. Y otros muchos no tenían suficiente edad para votar y participar en la vida política. Y este asunto es serio. Mucho más de lo parece importarles a los parlamentarios, que aborrecen o tienen miedo a los cambios constitucionales.

Sin derecho a voto
Uno de los aspectos más llamativos de la situación actual es precisamente que la democracia constitucional del 78 se opone, en el caso español, a una verdadera democracia participativa. Entre otras cosas, porque no ha sido votada por los nacidos después de 1960. Desde entonces hasta hoy, hay 16 millones más de personas en el censo. Esto supone que un alto porcentaje de los bloqueados por el muro, nunca ha tenido la posibilidad de pronunciarse sobre el marco político, social o económico. De hecho, no ha tenido oportunidad de votar la ley más importante del Estado. A lo que hay que sumar, otra parte importante, que ya rechazó en su día la Constitución.
Desde este punto de vista, podemos decir, que la realidad política formal de España es la de una democracia constitucional, pero no participativa. Los constitucionalistas, naturalmente, están contentos y conformes con su Constitución. Algunos afirman incluso sentirse orgullosos de ella. Y, en todo caso, no tienen ninguna intención de cambiarla, ni siquiera reformarla. Ya que con ella han nacido y se han acomodado política y profesionalmente.
Este trabajo es un análisis histórico de lo que fue el franquismo. O quizá habría que decir, los franquismos. Y de cómo fue sustituido, tras un periodo corto y apresurado, llamado Transición, por otro régimen que bloqueaba muchas de las aspiraciones populares del pueblo español. Utilizando formas y modelos menos agresivos o excluyentes que el anterior. Pero igualmente negativos, desde el punto de vista de una democracia real, que por ahora sigue impedida por la pared de la democracia constitucional, fechada en 1978.


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